La primera vez de un niño en un estadio es un recuerdo que llevará toda su vida. En esta entrada, quiero recordar, con un cuento que escribí para la facultad, aquel encuentro y camino dentro del fútbol.
Once jóvenes años tenía, aquella tarde de primavera, cuando pisé por primera vez una de las tribunas del estadio de mi equipo. Era todo muy nuevo y la adrenalina recorría mi cuerpo. Esa noche no había podido casi pegar un ojo. Imaginaba jugada tras jugada, gambetas, goles, pases y alguna patadida de esas que daba nuestro rústico defensor. Me creaba en mi mente el surco que dejaría nuestro volante platinado en el verde césped y los goles de aquel delantero que yo trataba de imitar cuando jugaba los tornes en mi querida escuela "José María Torres".
Para poner en contexto, uno suele ser del equipo de su padre o abuelo. Es un mandamiento o está escrito en algún manual. En mi caso no fue así. Una noche desperté en la casa de mi abuela y le conté a mis tíos Hugo y Alicia, que había soñado que era hincha del cuadro de ellos, el clásico rival de la institución de mis viejos aunque no les gusta el deporte.
Volviendo al partido, llegamos varias horas antes, lo vi imponente y eterno. Tantas anécdotas y maravillas contadas se hacían realidad. Me pregunto, mientras escribo este relato, si se habrá imaginado aquel niño de once años todo los sueños, peleas, partidos y locuras que pasaron en este tiempo. En el primer control, mi tía le ofreció un sanguche de milanesa a un policía. Entre risas el no aceptó. No podía parar de mirar y asombrarme. Era un niño con su juguete nuevo, enorme por cierto. En el último portón, mi tío Hugo se acercó y le dijo a uno de seguridad buscándome con su mirada: "Él tiene 10 años, ¿entra gratis no?" me reí y cuando estamos entrando le dije: "tengo once tío" de forma infantil e ingenua.
Subí los eternos escalones y me senté para observar el partido de la tercera. No recuerdo el resultado pero, rápidamente, los jugadores desaparecieron casi al revés de la gente que poco a poco iba llenando la inmensidad de cemento con trapos de colores.
Empezaron a revolearse las banderas, el grito de los plateistas que se unían al canto de la popular en un coro de esos vistos en alguna película o orquesta, Hugo me miró y me ordenó que me levantara para recibir a nuestros muchachos, mientras Alicia quien no entendía nada, servía de un termo mate cocido en un día de sofocante calor. En eso, ambos equipos saltaron al campo de juego con el arbitro, el cielo se tiño de papel picado. Aplausos, silbidos, gritos y algunas señales de la cruz se hacían presente esperando el duelo, que pocos minutos después comenzó con el pitazo inicial del referí.Escalones y más escalones, me separaban de los jugadores, que apenas se dejaban ver como siluetas buscando un minúsculo objeto redondo blanco y negro. Yo, como un niño, estaba atento en armar avioncitos de papel que rozaban la calva cabeza de un espectador con una radio en su oído. En eso nuestro nueve ingresó al área y definió ante la salida del guardameta rival, la red se infló y mi tío me abrazó. Todo el estadio gritó, como propia, la anotación del delantero. Llegó el segundo, el tercero y hasta hubo tiempo para un cuarto gol, ese abrazo eterno con mi tío se repetía como un ritual ante cada victoria de nuestros luchadores. Todo parecía perfecto, hasta que nuestro arquero tuvo una mala salida, el atacante rival atrapó esa pelota y convirtió el descuento. En aquella jugada expresé varias palabras hacia nuestro portero, ante la mirada de un vago quien me observaba con una risa picarona. Aquella jugada fue invalidada por posición fuera de juego
El cotejo terminó y hubo que emprender la retirada hasta nuestros hogares. Caminamos hasta la estación, hablando del partido, de cada detalle y hasta cambiando opiniones con terceros que eran desconocidos pero con una pasión en común. Tomamos el bondi y me quedé dormido a las pocas cuadras, aunque lo que viví aquella tarde fue un sueño de esos que ocurren con los ojos abiertos.
Agradecimiento a mis tíos por haberme permitido vivir esta pasión por el fútbol y a los profesores de la carrera de Periodismo Deportivo. Por último recordar a mi tía y madrina Alicia desde la estrellita donde esté.
De Mariano Peralta (@nanoperaltapd)
Fotos: El País (Uruguay)

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